Si alguien es capaz de unir sexo y religión magistralmente, ese es Milo Manara. Milo ManaraDe lo mejor que me ha pasado en la vida fue el día que un vecino se
presentó para comunicarme que él y toda su familia me retiraban el
saludo "por sus profundas convicciones religiosas". Al parecer, me había
escuchado en el descansillo criticar su antipatía y no estaba dispuesto
a aguantarme ni una más. Estaba harto de mis conversaciones "cargadas
de expresiones soeces", de mis salidas nocturnas sin hombre que me
acompañara "regresando a altas horas de la madrugada", escandalizado de
mis amistades "incluido un marica" y por supuesto indignado por los
gemidos salvajes que había escuchado P-E-R-F-E-C-T-A-M-E-N-T-E una noche
cualquiera.
Con el dinero y el éxito que Anthony Bourdain consiguió con Confesiones de un chef,
se permitió un lujazo aún mayor que contar las miserias de los mejores
restaurantes de Nueva York, mafia incluida. Durante un año, el chef
viajó por todo el planeta En busca de la comida perfecta,
a la caza y captura de esos sabores desconocidos que, como sabiamente
ilustra y defiende, solo pueden encontrarse en la calle. Desde entonces
no ha parado. Este neoyorkino de origen francés decidió dedicarse a los
fogones el día que probó una ostra. Viscosa, fresca y salada. A partir
de ahí no pudo dejar de catar lo que le pusieran por delante. No tengo
constancia de que haya comido carne humana, pero si alguien puede dar un
mordisco a cualquiera, es él.
Palma el Viejo (Jacopo Negretti). 'Dos ninfas en un paisaje' (Júpiter disfrazado de Diana seduciendo a Calisto).Museo ThyssenEn la frontera del 1500, Venecia estaba al borde del aislamiento político y económico. La caída de Constantinopla
a manos de los turcos y el cambio de las rutas europeas de comercio
después del descubrimiento de América en 1492, entre otros factores,
habían trastocado el poderoso papel que ostentaba la ciudad. Pero como
tantas veces en la historia, los malos tiempos políticos fueron un
estímulo para la creación artística. Los venecianos buscaron lo que
ahora se llamaría una marca propia y decidieron convencer a todos de que
su ciudad era la más bella del mundo y su calle principal (el Gran
Canal) la más deslumbrante. Los pintores y arquitectos, apoyados por los
mecenas, recurrieron como nunca antes a poner luz, color y sensualidad
sobre modelos bellísimos, hombres y mujeres, inspirados en la cultura
clásica.